El príncipe Enrique y Meghan Markle, ganadores y perdedores de un año de ‘Megxit’

 El príncipe Enrique y Meghan Markle, ganadores y perdedores de un año de ‘Megxit’

Hay una expresión inglesa para definir el arte de lo imposible que algunos afortunados logran dominar: to have the cake and eat it (quedarse con la tarta y comérsela). Equivalentes en español pueden ser lo de “chocolate y merendar” o “nadar y guardar la ropa”, aunque lo más aproximado sería simplemente la idea de que, en esta vida, no se puede tener todo. O sí. Cuando el 8 de enero de 2020 los duques de Sussex iniciaron su pequeña revolución en Instagram, al anunciar que renunciaban a las tareas públicas que impone la pertenencia a la familia real para emprender una nueva vida con ingresos propios, algunos comentaristas exaltados llegaron a hablar de una crisis constitucional en el Reino Unido. La ciudadanía británica entendió más claramente lo que popularmente comenzó a conocerse como Megxit, en comparación a otra espantada sonada como fue la del Brexit. Enrique y Meghan querían quedarse la tarta y comérsela. El último sondeo publicado por YouGov sobre la popularidad de la pareja, a finales de octubre, es demoledor. Como era previsible, mucho más demoledor para ella que para él. La diferencia entre los británicos que tienen una visión positiva de la actriz estadounidense (33%) y la de los que la tienen negativa (59%) refleja un saldo de -26 puntos. En el caso del príncipe (48% frente a 47%), el resultado también es negativo pero menor: -1. Ambos, sin embargo, han perdido casi 20 puntos desde el pasado marzo.

Y aun así, vaya año el de los Sussex y vaya el del resto de la familia. La pareja ha establecido su residencia permanente en Montecito (Santa Barbara, California, EE UU). Nueve habitaciones. 16 cuartos de baño. 22.000 metros cuadrados de terreno. 12 millones de euros. Su sociedad matrimonial ha cerrado acuerdos con Netflix (80 millones de euros) y Spotify (25 millones de euros) para producir documentales y podcasts en los que juntos, elijan “activar la compasión”. Así proclama la entrada de la página web de su fundación Archewell, en la que el único rastrode realeza es una foto del pequeño Enrique a hombros de su madre, Lady Di. Al lado, otra de la pequeña Meghan abrazada por su madre, Doria Ragland. “I am my mother´s son. And I am our son’s mother”, anuncian en las primeras líneas de la página. “Soy el hijo de mi madre. Y yo soy la madre de nuestro hijo”. Más claro, agua. Los estandartes de la pareja son la “princesa del pueblo”, Diana Spencer, ―el mayor desafío sufrido por la Casa de Windsor en las últimas décadas― y el pequeño Archie, el bisnieto de Isabel II, que será el primero en crecer fuera de la asfixiante jaula de oro de la monarquía británica. “Tengo la sensación de que, a pesar de que las cosas no fueron exactamente como deseaban, en el sentido de seguir asumiendo algunas funciones públicas, en general son bastante felices con su nueva vida”, ha dicho Victoria Murphy, una de las múltiples periodistas especializadas en asuntos de la realeza. Una conclusión no muy complicada de alcanzar.

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