Un millón de personas en Santiago, sin banderas políticas y en paz

 Un millón de personas en Santiago, sin banderas políticas y en paz

Exigieron al gobierno reformas del sistema económico y repudiaron que se hayan desplegado militares en la calle. Piden, además, eliminar el estado de emergencia.

Fue la mayor movilización desde la vuelta de la democracia y se replicó en las principales ciudades chilenas. Después de más de una semana de fuerte tensión y violencia en las calles, la multitud ayer exigió reformas en el sistema económico. Anoche, el presidente Piñera lanzó un mensaje conciliador hacia la gente

La tarde de ayer quedará marcada en la historia de Chile. Más de un millón de personas, según cifras oficiales, se autoconvocaron en Plaza Italia y alrededores, pleno centro de Santiago. No hubo una manifestación igual desde el retorno de la democracia. Sucede a una semana del estallido social que sacó a la gente a las calles. El disparador fue el aumento en el boleto del subte. Pero desde hace ochos días los reclamos abarcan salud, educación y sistema jubilatorio. Los jóvenes fueron los protagonistas de la concentración, en la que se registraron incidentes aislados.

Vestidos con la camiseta de la selección de fútbol. Con la bandera de Chile atada al cuello, como una capa. Con pañuelos o barbijos, preparados para protegerse de los gases lacrimógenos o con máscaras sofisticadas. A pie, en grupos; en sus bicicletas. Levantando carteles con estas leyendas: “No más violencia”, “Milicos asesinos”, “Por una nueva Constitución”.

En la periferia del Palacio de La Moneda, cerca de las tres de la tarde los locales comerciales bajaron las persianas. El centro quedó vacío y en silencio, mientras las peatonales y las avenidas principales, como Alameda, se convirtieron en corredores que iban en una única dirección: a Plaza Italia. “Salimos porque en este país la gente humilde ya no tiene para comer. Esta sociedad es desigual. Hay una minoría muy enriquecida y gobiernan para ellos”, dijo Gisela, junto a su familia camino a la marcha.

Otro que se preparó es Patricio, conserje en un hotel. Dice que antes del aumento del subte, que generó las primeras manifestaciones, los chilenos miraron con atención lo que pasó en Ecuador, donde el reclamo también arrancó por una suba en el transporte público. “Si Ecuador pudo, por qué nosotros no. Allí salieron los trabajadores y los indígenas. Aquí pensamos que cuando (Augusto) Pinochet dejó el Poder en 1990 iban a gobernar para el pueblo. Pero no pasó. Fueron 29 años de aguantar”, dijo a Clarín antes de salir a la Plaza.

El trayecto hasta la convocatoria fue así: banderas mapuches agitadas por conductores, motoqueros con el brazo en alto y el puño cerrado, manifestantes de a pie al grito de “Chile se despertó”. Una especie de camaradería, un apoyo mutuo. Chile vivió ayer su propia comunión. El helicóptero militar se hacía ver y escuchar: un vuelo rasante que generó abucheos e insultos.

“Nos cansamos de los abusos, nos cansamos de que la fiesta sea de ellos, del Gobierno, de los políticos. Nos tenemos que endeudar para estudiar. Mi deuda con el Estado para financiar mi carrera es de 24 millones (US$ 33 mil), lo que gana un diputado al mes. Veinte años de deuda para estudiar equivale al sueldo de un político. Basta”, dice Sara. Visten la camiseta de Chile, tienen miedo de que los militares vuelvan a reprimir.

Por Santander hasta el Parque Bustamante. Por Moneda hasta el Cerro Santa Lucía. Por José Miguel de la Barra hasta Parque Forestal. Son los espacios cercanos a Plaza Italia y al ingreso de Metro de Baquedano. Hacia las cinco de la tarde la zona estaba colmada de gente, la mayoría jóvenes que reclamaban por sus padres: “Por tu pensión de mierda, viejito”, rezaba el cartel que llevó una chica.

La Fuente Alemana, una donación que hizo la comunidad chileno-alemana en 1912, es una alegoría: un hombre que domina los mares, una diosa que representa el triunfo de la nación libre y soberana, un mestizo que encarna el esfuerzo y una criolla, que simboliza la fortuna y la belleza. Pero ayer, al caer la noche, el monumento estaba intervenido. Del brazo extendido del hombre que domina los mares, colgaba un muñeco

vestido de traje y con banda presidencial. La referencia es violenta y obvia.

Chile sigue en estado de emergencia. El Ejército decretó el séptimo toque de queda entre las 23 y las 4 de esta madrugada. Las cifras de fallecidos confirmados por el Gobierno desde la revuelta social ascendió a 19: once muertes se habrían producido durante saqueos e incendios a supermercados, cuatro fueron por disparos de la policía o militares y tres personas fueron atropelladas.

Un hombre con un overol rojo y la máscara de los ladrones de la serie La Casa de Papel, se subió a uno de los faroles que por la noche iluminan el puente que cruza el Mapocho, el río que por estos días es apenas un hilo amarronado. Una mujer alza un pañuelo verde, el mismo que usamos en la Argentina para pedir por la interrupción legal del embarazo. “Si no sacan a los militares de la calle no podemos dialogar”, dijo una mujer a Clarín. ¿Quién sería el interlocutor? “Nosotros”, respondió la mujer. No alcanzaría el estadio Nacional.

Los reclamos que arrancaron por el aumento del Metro se extendieron a otros pedidos: un sistema de salud público que funcione, educación gratuita, revisión de los sueldos de los funcionarios… Hay otra consigna, masificada, que pide la renuncia del presidente. Sin embargo, la gran convocatoria de ayer parece darle a Sebastián Piñera otra oportunidad. Antes de una salida anticipada, los chilenos aún esperan medidas que los conformen. Podría verse como una última advertencia. Eso sí: ya no se admiten disculpas.

Ayer, el Instituto de Derechos Humanos de Chile pidió que les permita el acceso a hospitales y comisarías para un relevamiento. Hay personas desaparecidas. El Instituto presentó hasta ayer 46 acciones judiciales: hay querellas por homicidios, violencia sexual y 24 por apremios ilegales y torturas. El lunes llegan los expertos de la ONU enviados por la ex mandataria Michelle Bachelet que ocupa el cargo de alto comisionado.

Los carabineros no se hicieron ver en la manifestación, salvo en la periferia y en grupos. La gente fue preparada: una solución de bicarbonato en la mochila y gajos de limón para mitigar el efecto de los gases. A diferencia de las marchas de los últimos días, hubo incidentes aislados. Esta vez las fuerzas de Seguridad no reprimieron de manera brutal. ¿Quién se atrevería a hacerle frente a un millón de personas que reclama por una mejor calidad de vida? 

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